El encuentro

panyLas luces de todos los remolques comenzaron a encenderse y, antes de lo habitual, todos y cada uno de los miembros que componían la gran familia del Circo Wonder vieron interrumpido su sueño debido al ruido provocado por Sansón. Pocos segundos después, se fueron abriendo varias ventanillas y alguna que otra puerta, mientras la escena mantenía como música de fondo los gritos del forzudo solista y el acompañamiento coral de sus compañeros, con exclamaciones que mezclaban la sorpresa y la indignación.

-Pero, ¿qué es lo que ocurre? -preguntaba Poli, el payaso, tremendamente extrañado.
-¿Quién diablos gruita dessa manerrua? -se quejaba Johnny Goghvan, el domador, con su eterno acento americano.
-¡Ésa es la voz del chiflado de Sansón! -dijo Tapón, el otro payaso, tan remilgado como de costumbre-. ¡Claro, como él nunca duerme…!

Absolutamente ensimismado, Sansón alcanzó por fin la puerta de la roulotte de Don Vicente, el propietario del circo, ignorando las muchas preguntas y los no escasos insultos procedentes de sus compañeros.

-¡Don Vicente, Don Vicente! -seguía vociferando, mientras golpeaba la puerta de su jefe con la enorme palma de su mano.

Por fin, Don Vicente también se despertó.

-¿Qué ocurre? -preguntó con su voz siempre grave y monótona-. ¿Quién llama de este modo?

Algo importantísimo debía ser para que el pobre Sansón se atreviera a despertar a Don Vicente. El jefe era un hombre de mediana edad, calvo y relativamente grueso. Su rudo carácter hacía de él un hombre casi inaccesible. El simple y educado saludo de uno de sus empleados podía convertirse en toda una osadía, sobre todo en uno de esos que él llamaba “malos días» y que, por experiencia, todo el mundo en el circo sabía que eran casi todos.

-¡Ah, eres tú! -exclamó al abrir la puerta, terminando todavía de abotonarse el chaleco de su sempiterno traje azul-. ¿Qué pasa, por qué me despiertas, Sansón?
-Don Vicente…, Basy…, yo…

El pobre Sansón, entre la fatiga y el miedo, no podía ni hablar. Las palabras y el aliento resultaban muy costosos. Por si fuera poco, ya tenía a sus espaldas, bajo la escalerilla del remolque de Don Vicente, a todo un enjambre de artistas circenses con variadas intenciones.

-¿Se puede saber qué llevas ahí, atontado? -La siempre escasa paciencia del patrón empezaba a agotarse-. ¡Explícate de una vez!

Cuando finalmente Sansón había empezado a narrar lo sucedido, Nora, la esposa del mago Carlo Antognoni, descubrió, en los brazos del forzudo, el rostro de un bebé con unos preciosos ojos azules, ahora entreabiertos e incomodados por la claridad.

Pablo Nine, Más difícil todavía(Fragmento)

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