La muñeca

Muñecas de porcelana_ForgetMeNot-3“Llévame contigo, anda; sé buena y llévame contigo”. Era lo que parecía decirme aquella muñeca, en el escaparate de la tienda de juguetes, cada viernes por la tarde, camino del Cine Avenida. Con su abundante y reluciente cabello rubio, sus enormes ojos azules, aquella boca pequeñita de labios rojos y una dulce carita de porcelana blanca que, lejos de parecer fría e inexpresiva, era capaz de transmitir la más profunda ternura. Allí estaba, sentada sola en un rincón del escaparate, y con tantos o más deseos que yo, de que algún día entrara en la tienda y pudiésemos salir las dos juntas para compartir todos nuestros juegos y nuestras ilusiones…

-¡Vamos, Sara! ¡Que ya ha debido empezar el NO-DO!

Mi abuelo me llevaba todos los viernes al cine. Él era un apasionado del séptimo arte y no digo yo que no gozara con eso; pero, también es cierto que hacía conmigo otras muchas cosas con las que disfrutábamos juntos: jugar, leer, pasear…; o, simplemente, hablar. La verdad era que hacía todo lo posible por dedicarme tiempo, cuando su trabajo se lo permitía. El doctor Arturo Rubio era, para muchos, el mejor médico de la ciudad; y, para mí, el mejor abuelo del mundo.
Esa tarde habían puesto Ben-Hur. Una bonita historia de un judío que, a veces se llevaba bien con los romanos, y otras, no. A la salida, como de costumbre, el abuelo trataba de explicarme cosas interesantes sobre la película:

-Se trata de una gran superproducción -decía.
-Ya, porque es muy larga, ¿no? –pregunté yo, pensando en que habíamos estado en el cine más de tres horas.
-No, no solo por eso –respondió él-. Lo cierto es que también costó mucho trabajo y dinero realizarla. Fue premiada con once Oscars, ¿sabes? Y la escena de la carrera de cuadrigas es una de las más memorables de la historia del ci…

Mientras seguía hablando, el abuelo no se había dado cuenta de que estábamos de nuevo delante de la tienda de juguetes y ya no le escuchaba. Me quedé de nuevo parada ante el escaparate y, a pesar de que a aquella hora ya estaba cerrada y no quedaba mucha luz, pude ver que la muñeca seguía mirándome con tristeza, como queriendo decir esperanzada: “¿El viernes que viene?» […]

Pablo Nine, «Belinda» (Fragmento)

 

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